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En el artículo anterior hablamos sobre el cine social en general, su origen, características y desarrollo en Europa y América Latina. Ahora, nos dedicaremos al cine social venezolano, detallando algunas películas de las décadas correspondientes a su boom en los 70 y 80.

En Venezuela, un poco después que en otros países pero en el mismo contexto, surge el Nuevo cine social venezolano. Un boom de la producción cinematográfica nacional al que hoy en día es fundamental acercarse, no solo con interés historiográfico sino porque en él nos encontraremos con excelentes actuaciones, guiones y producciones de gran calidad. Por aquellos tiempos el país estaba agitado –aunque parece que la calma nunca llegó– y la producción artística no paraba de generar frutos.

Luego de la década caracterizada por el inicio de la democracia puntofijista, el surgimiento de la lucha armada, los enfrentamientos y la llegada masiva de más personas a la capital, los 70 sigue siendo una temporada difícil. Se da la reflexión en la izquierda que busca mirar sobre el proceso vivido y comprender cómo se desarrollan los conflictos, también se agudiza la crisis social pero el país no termina de dar su apoyo a la revolución.

El cine venezolano de ambas décadas hizo todo un esfuerzo para plasmar esas contradicciones y los dolores que padecía la sociedad, denunciando la marginalidad, evidenciando la corrupción política y llamando a la reflexión para enfrentar al pueblo venezolano con la imagen que de sí mismo le devolvía la pantalla.

Se hace evidente la relación entre identidad y cine en ese tiempo porque, como hemos dicho en la entrega anterior, la cinematografía de corte social no muestra al otro sino a uno mismo en la pantalla: las calles de Caracas, los bares, el barrio, las motos que suben y bajan el cerro, las cárceles abarrotadas, el abuso policial. Como nunca antes, la gente asistió a las salas de cine no para hallar una válvula de escape, sino para sentirse reflejados en lo que veían y encontrar alguien que decía lo que pensaban, que denunciaba lo que padecían.

Algunos nombres y películas que debemos reconocer

1970

La que inició todo

La película de Mauricio Wallerstein, director mexicano residenciado en Venezuela por aquel tiempo, Cuando quiero llorar no lloro (1973), inició el boom del cine nacional y la etapa que hemos caracterizado como el Nuevo cine social venezolano. La cinta es una adaptación al cine del libro homónimo de Miguel Otero Silva –si usted no lo leyó en el bachillerato aún está a tiempo de hacerlo, aunque vea la película haga las dos cosas– que narra la historias de tres jóvenes con el mismo nombre, distintas clases sociales y un destino. Se estrenó el 11 de abril de 1973 y si alguien repite que nadie ve las películas venezolanas lo de boom aquí no es gratuito. Cuando quiero llorar no lloro se posicionó en el segundo lugar en recaudación de ese año y fue nombrada mejor película en el Festival Internacional de Cine de Moscú. Hacia el final de la década, Wallerstein volvió con una película también de corte social, La empresa perdona un momento de locura protagonizada por Simón Díaz y con una fuerte crítica a la alienación del trabajo.

La muerte de un paco

Román Chalbaud, que ha estado tan presente en nuestras notas como lo está en la historia del cine nacional, estrenó en 1974 La quema de judas. La trama inicia con el asesinato de un policía por parte de un comando guerrillero que intentan robar un banco, a partir de ahí se reconstruye la historia de Jesús María desde su funeral hasta sus andanzas criminales, anteriores a su incorporación a la policía. Con esta película, Chalbaud, ayudado por una gran actuación de Miguel Ángel Landa, pudo narrar al mismo tiempo varias cosas: el conflicto armado que no solo sucedía en el campo, la vida de un delincuente en el barrio, la política venezolana corrupta y las costumbres sociales. De esa misma década hemos dedicado un artículo completo a El Pez que Fuma, un clásico venezolano también de corte social.

Un cine militante para hablar del conflicto interior

A diferencia de sus compañeros, Enver Cordido si vivió de primera mano la actividad guerrillera. En paralelo a sus actividades militares, Cordido encontró en el cine una forma de militancia que no se tomó a la ligera, se formó en el famoso Cinecittá italiano donde llegó a participar como asistente de producción en la famosa El bueno, el feo y el malo de Giancarlo Santi. Al regresar a Venezuela fundó Cotecna, una compañía dedicada a la producción de cine que ayudó en la realización de buena parte de las películas de la época. Su filme, Compañero Augusto, es muy importante en esa década, ya que llevó al cine el conflicto interior de un guerrillero de origen burgués que intenta reinsertarse en la sociedad –tema recurrente en la cinematografía de la época– mientras planea escribir una novela sobre su experiencia. La película es un testimonio del conflicto de una generación, que tras el fracaso de la lucha armada intenta seguir militando a la vez que desarrollar una vida normal.  

Cuando un delincuente derrotó a un tiburón

Clemente de la Cerda fue un fenómeno en cine venezolano. En sus cortos años de vida realizó 11 películas, algunas de las cuales marcaron definitivamente la historia del séptimo arte nacional, ya volveremos a hablar de él. Soy un delincuente es un antes y un después en el cine venezolano, se trata de la primera película que se mete a fondo con la personalidad del “malandro”, tema que en adelante no abandonará la pantalla. La película, que a juicio de Pablo Gamba se convierte en “el modelo del cine nacional sobre la delincuencia y la marginalidad”, es la adaptación del libro testimonial de Gustavo Santander en el que narra las actividades delictivas de Antonio Brizuela. Aquí, el “malandro” no aparece para ser estigmatizado, emerge para contar su historia con sus propias palabras, para narrar y denunciar su realidad. El filme fue estrenado el 30 de junio de 1976 y casi supera en taquilla a Tiburón la icónica película de Steven Spielberg, y eso es mucho decir para cualquier película sea de donde sea.

Un país portátil de problemas no resueltos

La relación estrecha entre literatura y cine tiene otro momento de éxito en esa década. En 1979 se estrena País Portátil, la adaptación que hicieron Iván Feo y Arturo Llerandi del libro homónimo de Adriano González León. La historia narra las actividades políticas de Andrés Barazarte, un estudiante de derecho en la UCV que se involucra con las guerrillas urbanas. Pero el pasado de Barazarte sale a la luz para dejar al desnudo el eterno ciclo sin fin de la sociedad venezolana. A través del acercamiento a sus historias familiares nos toca ver cómo el país se encuentra una y otra vez con el mismo conflicto. Desde la guerra de independencia no hay paz en este país y esa es una realidad cruda, un conflicto que Feo y Llerandi, gracias a González León, pusieron en las pantallas de cine.

En tono de comedia

Alfredo Lugo optó por hacer un cine social en tono de comedia, lo que es perfectamente posible como dijimos en la entrada anterior, llamando la atención de los problemas que atravesaba Venezuela a través del humor. En la década de los 70, Lugo estrenó tres películas que comparten el mismo tono y que apuntan a señalar problemas de Venezuela, que aún están vigentes. Los muertos sí salen (1975) fue un filme de ficción, que centrado en tres músicos persiguiendo un botín, termina en una trama política. Dos años después, Los tracaleros narra la historia de unos estafadores que expresan cabalmente eso que se conoce como la viveza criolla. Finalmente, El Reconcomio hizo que Joselo representara a un trabajador obsesionado con el ascenso en la empresa, convencido de que para eso tiene que cambiar de automóvil. Lugo demostró que se podía realizar un cine comprometido a través del buen humor venezolano y la sátira social.


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