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El siglo que corre empezó con un prejuicio contra el cine venezolano, muchos escuchamos comentarios negativos sobre su calidad y sobre todo una crítica permanente a sus contenidos, la violencia, el barrio, la pobreza, una realidad que desde la pantalla ratificaba lo que en la calle se observaba a diario. Probablemente esta percepción es producto de una mezcla entre del desgaste social, la crisis que derivó en la ruptura de los 90 y los intereses de una generación cuya premisa fundamental era la evasión. Hoy hablaremos del cine social, porque creemos que entender su origen, intenciones y desarrollo es una forma de reconciliar a los espectadores con la cinematografía nacional a través de su historia.

Orígenes del cine social

El cine surge con el objetivo de comunicar y entretener, recreando en las pantallas no solo imágenes en movimiento sino realidades fantásticas y mundos alternativos. Por eso las extraordinarias películas con las que inicia su historia, cuando Georges Meliès quiso recrear relatos de Julio Verne y H. G. Wells que expresaron el sueño del ser humano de viajar a la luna. Por supuesto, no solo entretiene la ciencia ficción, muchas películas cotuferas son comedias, romances, policíacos o bélicas, como Papita Maní y Tostón por ejemplo, que en Venezuela se puso a la cabeza de las más taquilleras.

La cosa es que no todo puede ser evasión y aunque también desde el comienzo se realizaron películas con problemáticas sociales, desde la segunda mitad del siglo XX, en la post guerra y gracias a la influencia del Neorrealismo Italiano, surgirá en el mundo el Nuevo cine. Mucho de él estuvo caracterizado por la presencia del tema social en las historias, por lo que podríamos hablar de Nuevo cine social. Este género cinematográfico se consolida en una época que piensa el cine como un medio para la crítica social y la denuncia de los problemas que padece cada país, partiendo de la premisa de que el arte puede intervenir y transformar las realidades.

Antes de seguir, una advertencia: a los que creen que el cine social es sinónimo de drama y situaciones duras, vale la pena mencionarle el nombre Charles Chaplin, cuya obra está atravesada por una crítica social aguda sin abandonar el maravilloso humor que definió su trabajo. En este continente, Tomás Gutiérrez Alea puso su parte, con películas como La muerte de un burócrata, que si no ha visto y vive en Venezuela debería correr a hacerlo. Así que no se asusten, no todo es dolor en esta historia, aunque eso sí, siempre debe haber sensibilidad y reflexión.

Características del cine social

Entonces, si no es puro drama, ¿qué características tiene el cine social? Bueno, lo primero es que no responde a modas o intereses comerciales, ni es el producto de las historias fantasiosas de un individuo; el contenido se nutre de la realidad problemática que viven nuestras sociedades, partiendo de hechos reales que se recrean fielmente o sirven de inspiración.

En cada producción hay un sujeto comprometido, tras las cámaras no está un individuo invisible sino un actor político. Eso redunda en la aparición de la marca de ese autor, que como artista social deja que parte de sus propias inquietudes militantes se reflejen en la película. Como en las otras expresiones artísticas, no hay una separación entre la vida y la obra.

Así como el director es un autor comprometido, el producto realizado debe expresar dicho compromiso, por eso no estaremos ante una película que pretenda neutralidad, o que asuma una falsa imparcialidad, sino que el filme social contendrá un mensaje que se posiciona del lado de los oprimidos, contra toda injusticia.

Como no hay pretensión de neutralidad, el cine social denuncia, habla y provoca la reflexión. Quiere tocar al público y por eso no es complaciente con el poder ni con la dominación. Desde el esfuerzo para lograr la solidaridad en el otro, persigue que los espectadores se sientan identificados con las historias que observan, sus personajes y locaciones.

Para que esa identificación sea más sencilla y natural, el lenguaje no aspira a ser preciosista y abstracto, complejizando con intelectualismos innecesarios. Desde una estética de la sencillez, el cine social aspira a comunicar desde el lenguaje del pueblo para que las voces de los comunes puedan decir lo que padecen día a día. Al mismo tiempo, los personajes deben ser el reflejo del ciudadano común que sufre y los lugares los que todos visitan.

Estas son las claves de un cine social, más allá del tono dramático, la comedia o el humor negro con el que se cuenten las historias.

Desde el otro lado del charco

Si bien inicia a finales de la Segunda Guerra Mundial, el punto más álgido del cine social en Europa es la década de los 70, gracias al impulso del Mayo Francés de 1968. A esas protestas se suma el rechazo de la izquierda a la invasión soviética de Praga, que genera un movimiento para denunciar la política soviética, intentando superar la polarización propia de la Guerra Fría. En ese contexto aparecen cineastas como Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Alain Resnais, Constantin Costa-Gavras y Bernardo Bertolucci, entre otros. La crítica al colonialismo, la denuncia del poder, las dictaduras y el capitalismo mundial son temas frecuentes en sus películas.

Desde 1980, también en Estados Unidos han aparecido directores que dan un fuerte contenido social a su trabajo. La denuncia de la guerra de Vietnam y los conflictos bélicos posteriores ha sido una constante,  están presentes en el trabajo de Oliver Stone, por poner un ejemplo. Otro cineasta en esta línea es el norteamericano Ken Loach, cuyo trabajo es muy importante en la cinematografía contemporánea. Algunos de los ya mencionados siguen trabajando en la misma línea, Costa-Gavras no para, a pesar de superar los 80 años, y otros como él han realizado críticas a la situación Europea posterior a la crisis de 2008.

En este lado del charco

Sería un dejo eurocentrista de nuestra parte establecer una conexión de dependencia entre el cine social europeo y el latinoamericano. Al contrario, ambos fenómenos suceden en paralelo, las influencias son mutuas: por un lado la técnica europea, por otro la realidad latinoamericana y el impacto de sucesos como el triunfo de la Revolución Cubana, el avance del sandinismo y el gobierno de Salvador Allende en Chile.

Latinoamérica quiere romper con la influencia norteamericana y esta ruptura inicia con la toma de conciencia de esa circunstancia. La década del 60 se caracteriza  por los primeros intentos para desmontar la imagen creada por Hollywood sobre este continente y para ello intenta narrar historias auténticas de estas tierras. El nuevo cine latinoamericano, denominación que se repetirá en cada caso nacional, busca conectar con la población a través de sus problemas, en un contexto atravesado por el conflicto armado y las dictaduras este cine tenía que ser necesariamente social.

El acercamiento a la vida marginal y la pobreza es una constante, tanto en historia muy duras como en otras no tan dramáticas. Leonardo Favio en Argentina, Miguel Littin en Chile y Gluber Rocha en Brasil son representantes de este esfuerzo, que continuó hasta finales de los 70, cuando las dictaduras y los gobiernos locales hicieron todo lo posible para abortar su desarrollo. Muchos de estos autores tuvieron que salir al exilio, otros fueron asesinados y desaparecidos.

Todo lo dicho está dirigido a entender que el cine social venezolano se inserta y relaciona con un fenómeno mundial, que quiso reflejar las realidades concretas que sufren las mayorías, desde la idea de que el cine también puede ser un medio para transformar las cosas.

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En esta entrada hemos querido presentar el contexto general del tema para en la siguiente desarrollar el cine social venezolano de las décadas de los 70 y 80. Hasta la siguiente entrega.


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