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Por un cine desde abajo

En la entrada correspondiente a los retos de la producción cinematográfica en Venezuela culminamos sosteniendo la importancia de avanzar no solo hacia la construcción de una industria nacional de cine, sino especialmente acotando la necesidad de transformar la manera como se produce el cine en el país para romper con el rentismo a través de la autogestión.

Para los que puedan preguntarse si se come cine, en relación a la realidad nacional actual, habría que responderle afirmativamente, sin tener que ponernos esotéricos ni hablar del alma, lo que si afirmamos es que la cultura y el entretenimiento también son una necesidad. Ahora ¿cómo se hace cine en tiempos de crisis? una de las maneras es apostar por la autogestión realizando un cine desde abajo.

El mundo también apunta desde abajo

En el mundo son muchas las experiencias que plantean una organización independiente relacionada con este tema, algunas de ellas han empezado por la cuestión de la difusión a través de la creación de espacios culturales destinados a la proyección de películas en las comunidades, mientras que otras han ido mucho más allá, buscando que esas comunidades no tengan una experiencia con el cine solo como espectadores sino que puedan también asumir un rol activo.

Producir el cine de otra manera, empieza por la crítica al rentismo y culmina con la comprensión de que es posible hacer las cosas diferente, porque de no romper con el esquema que nos limita a los fondos públicos y el financiamiento estatal, no se visualizan otros caminos. Sin embargo, el asunto no es nada más responder a una coyuntura, sino ser capaces de hacer un cine que desde abajo, con la gente, puede también ser un producto de gran calidad y que tiene una relación orgánica con la población.

En el artículo que inicia el abordaje a este tema mencionamos la experiencia en Ecuador, donde incorporaron a las comunidades no solo llegando a ellas con una red de exhibición alternativa, sino que también empezaron a producir cine con ellas, lo que al final redundó en que cada uno se sentía parte integral del proyecto. También hemos hablado en otras ocasiones del éxito de una película como El Mariachi, cuyo bajo costo de producción se debió, entre otras cosas, a que fue realizada con los habitantes del pueblo en el que se rodó.

Una experiencia venezolana con proyección internacional.

En ese mismo texto cerramos anunciando que en una próxima entrega abordaríamos la experiencia de la Escuela Popular y Latinoamericana de Cine, Tv y Teatro.

Este proyecto inició en 1994 en Maracay, luego de que Tierri Deronne, se encontrara con algunos venezolanos mientras estaba realizando actividades de solidaridad con la lucha Nicaragüense en medio de la selva. Ahí, entre el calor, la humedad y los mosquitos cargaba su cámara militante para retratar imágenes en movimiento que pudiera romper con el cerco informativo que vivía ese proceso. Esa experiencia ayudó a entender la importancia de una educación popular que impulsará a su regreso en el también caluroso estado Aragua.

Los primeros contactos serán con la Escuela de Formación obrera que funcionaba en la zona central del país. La escuela no surge restringida a la labor cinematográfica sino que también se acompaña con el teatro y luego incorporará la realización de televisión como una tarea necesaria para la emancipación. En los últimos 19 años han apoyado la conformación de más de 35 televisoras comunitarias y dictado talleres e manera constante en al menos cinco estados del país.

En relación al proceso formativo Deronne sostiene que “es un ciclo integral: cómo escribir un guion arraigado en nuestra realidad, cómo realizarlo sin apelar a las técnicas comerciales, como editarlo para que el dialogo de las imágenes y del sentido sea una creación en sí. Trabajamos en detalle la luz, el sonido, analizamos fragmentos de películas, con especial énfasis en África, América Latina, Asia. A todo esto se añade una formación sociopolítica sobre lo que es un cine y una televisión libradores, descolonizados, que nos nutran y nos permitan crecer como acción”.

Desde esa premisa se han dedicado a producir documentales y películas siempre de la mano de la comunidad, entre ellas se encuentran Rumbo a la comuna, El valor de la tierra y Guerra de los tiempos. Mientras, fuera de Venezuela formaron al director salvadoreño Sergio Siberián. Todo esto se ha realizado desde la perspectiva de “descolonizar esas artes así como la comunicación social que sigue moldeada por aquel molde anglosajón de ‘vender un mensaje’ a un público pasivo”.

De esa manera, en 2015 la escuela arribó a sus 20 años comprometida con la construcción de las comunas a través de la formación integral de formadores con el objetivo de que cada consejo comunal tenga su propia escuela. Pero entienden que el reto sigue siendo no solo masificar la formación, sino romper definitivamente con la reproducción de contenidos alienantes y coloniales que siguen dominando nuestro cine.

Este año la escuela participó en un encuentro en Francia, donde pudieron presentar varios de sus trabajos que podemos conocer visitando su página web.

El llamado es conocer y difundir mucho más estas experiencias, que hoy en día se convierten en un faro que nos dice que si es posible hacer un cine desde abajo.

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